

Estoy muy lejos de defender a los presidentes vecinos. Eso ahí hay de todo, micos, perros, payasos, etc. Sin embargo, no pude evitar sentirme identificado, en algún grado, con los quejidos del galán Rafael Correa en días pasados en relación con la instalación de las bases militares norteamericanas en territorio colombiano.
"Son un peligro latente, foco de inestabilidad para toda la región”, dijo el ecuatoriano en el marco de su visita a Uruguay la semana pasada. Correa expresó su voluntad de reunirse con Hillary Clinton para debatir el tema.
Y continuó: “Siete bases en un país como Colombia es un verdadero peligro, agravado por el propio presidente Uribe, que se pasa diciendo que garantiza que no serán utilizadas para atacar a otros países, sino para combatir el terrorismo y el narcotráfico".
¡Pues le doy la razón a Correa! Aún cuando, repito, él tiene un puesto en la misma piñata latinoamericana de la que hacen parte nuestro presidente, el venezolano, el nicaraguense, etc.
Gracias a una exposición de unos acuciosos estudiantes universitarios pude conocer el contenido del texto del ‘acuerdo de cooperación militar’ firmado entre nuestro gobierno y los Estados Unidos. Para la realización de su trabajo, los tres estudiantes se dieron a la difícil tarea —dada la incomprensible falta de cubrimiento y análisis periodístico— de conseguir y analizar el texto del tratado. Triste resultado. Sentí, lo que es muy raro en mí, un quejidito patriotero que desde mi estómago pugnaba por salir convertido en alarido.
Otra aclaración: yo no es que me precie por defender el patriotismo apasionado. Por el contrario, no me gusta ni cinco porque creo que el ‘patriota’ —un ser premoderno, quedado en la evolución política cosmopolita— es incapaz dedeliberar, de dialogar con una contraparte de conflicto a la que asuma como su digna par. Tampoco puede, consecuentemente, abogar por una conclusión justa: si mucho, el patriota negociará —lo que es muy distinto—, buscando reafirmar su supuesta superioridad frente al ‘otro’.
El otro… esa cosa rarísima a la que se le tiene hasta miedo porque ni se le conoce, ni se le entiende. Nunca el patriota ha querido conocer, ni entender, al que vive por fuera de las cercanísimas fronteras de la escala propia moral. De ahí que algunos gringos—que me temo no sean solo algunos—, bien nacionalistas, bien patrióticos, piensan que Irán queda en Australia, o despropósitos equivalentes (POR FAVOR vean el vídeo de abajo, para saber también a quién estamos metiendo a la cama).
Es decir, cero cosmopolitismo: el mundo somos nosotros; los otros son los otros. Y además son menos. Y son menores. Y hablan raro. Y no les gusta lo que a nosotros nos gusta. Y miran mal. Y no salen en comerciales. Ni quieren hacerlo. Y comen raro. Y da asco mirarlos darse besos entre ellos porque físicamente son raros. Son, esto es lo peor, anormales. Seguro también terroristas…. ¡mejor dicho, que ni existan! ¡A LA GUERRA!
Ahora, no obstante mis reservas hacia los patriotismos, oír las vicisitudes del tratado que nuestro gobierno —éste sí harto patriota— firmó con los norteños fue como recibir una puñalada en mi panelita del alma, en mi bocadillo veleño espiritual, en mi cuchuco interno.
Los Marines —para los cuales, incidentalmente, somos los otros—, entrarán y saldrán de este país como pedro por su casa. Ellos casi que no tendrán que pasar si quiera por un filtro de inmigración: de la pista a la finca. Lo que se llevan o lo traigan, no importa, quiénes sean, no importa. A las fuerzas militares más ricas del mundo, el Estadito colombiano les condonará toda clase de impuestos y licencias que, en cualquier otro caso, significarían hasta un buen negocio para Colombia. Pero ni eso. Los marines podrán, por ejemplo, usar libre, irrestrictamente, nuestro espacio aéreo y nuestro espectro electromagnético, cuando ambas cosas se saben tesoros de soberanía para cualquier Estado moderno.
Los estadounidenses dispondrán de las instalaciones concedidas —siete (¡siete!) bases militares ubicadas por todo el territorio nacional— para hacerles cualquier obra de infraestructura que se les venga en gana. El congreso norteamericano aprobó, por ejemplo, un presupuesto de 46 millones de dólares, solamente para adecuar la base de Palanquero. El detalle que se contempla en el acuerdo es que esas millonarias obras las realizará cualquier contratista: no esperemos que contraten empresas colombianas para ello. Lo que se sabe porque ha pasado alrededor del mundo a la luz de otros acuerdos, es que el dinero de esos multimillonarios negocios nunca sale de los EEUU.
Ahora, la inmunidad. Reza el fragmento del acuerdo sobre el Estátus del personal:
“Colombia otorgará al personal de los Estados Unidos y a las personas a cargo los privilegios, exenciones e inmunidades otorgadas al personal administrativo y técnico de una misión diplomática”.
Y continúa:
El Estado colombiano “…garantizará que sus autoridades verificarán, en el menor tiempo posible, el estatus de inmunidad del personal de los Estados Unidos y sus personas a cargo, que sean sospechosos de una actividad criminal en Colombia y los entregarán a las autoridades diplomáticas o militares apropiadas de los Estados Unidos en el menor tiempo posible”.
El año pasado en el Japón hubo una serie de multitudinarias protestas, ad portas de la gira de Barack Obama por el lejano oriente, con motivo de las bases estadounidenses que estan instaladas en Okinawa desde marras.
¿Porqué protestan? Pues están hasta la coronilla de la presencia de militares gringos en su territorio porque allá, como aquí a partir del pasado octubre, las tropas ‘visitantes’ se rigen por la constitución norteamericana: para ellos no opera el juicio constitucional japonés, sino el gringo. Consecuentemente, violaciones, torturas y hasta asesinatos han quedado impunes en el Japón.
Pero en Colombia, de esas perlas ya hay varias. En agosto de 2007 una niña de 12 años fue violada por un par de joyitas gringas en Melgar, cerca a la base militar de Tolemaida. La dolida madre, quien en juventud también había sido víctima de un abuso sexual, fue a reclamarle al gringo al que creía culpable del delito en una esquina del pueblo.
Éste, soberbio, le respondió con una sonrisa en la cara: “igual usted sabe que a mí aquí no me pueden hacer nada: tengo inmunidad diplomática”. Claro, a los otros les va mal…pero, normalmente, peor les va a las otras. Y eso era sin la inmunidad que contemplaba el nuevo acuerdo, que sencillamente es la misma solo que extendida a un personal mucho más amplio. ¿Quién controla eso?
Lo siguiente es una prisionsita para interrogatorios y demás labores de ‘inteligencia’, digamos, en los galpones de pollos de Chinauta. O la transformación de piscilago en un burdel para marines porque, claro, los gringos ‘tienen sus necesidades’. Todo esto no es absurdo: si no que hablen los panameños, los salvadoreños, los ecuatorianos (que acertaron en no renovar Manta), los japoneses, etc.
Ni modo de echarle la culpa al congreso, porque Uribe se lo saltó, así como tampoco quiso saber el concepto del Consejo de Estado (a ambas cosas lo obliga la consituciòn en los artículos 173 y 237). Un columnista por ahí lo propuso muy elocuentemente: Uribe se abrió de patas. Yo digo: Uribe nos abrió de patas. Vaya y venga que hubiera sido él solo.
Han logrado que se me saliera un patriotica.
Retazo:
¿Cómo es que un Gobierno que es capaz de acordar la entrega, en ese grado, de la soberanía del Estado que preside, es a la vez incapáz de realizar unacuerdo especial (contemplado en el DIH como una posibilidad jurídico-polìtica) para efectuar el acuerdo humanitario? ¿Orgullo patriota?


Comentarios
moderador
8 Marzo de 2010
9:15 am
Gracias por el punto de vista. Este espacio está abierto al sano debate y a todas las opiniones y puntos de vista.