

Colombia es un país de poetas. Desde los tiempos coloniales hasta los últimos ecos de un Gómez Jattin, nuestros parajes más desolados siempre han contado con un cantor local, con un juglar, con un dandy. Es un gran aporte a la cultura de otros países y de otros pueblos: un país es en buena medida lo que sutilmente esconden sus habitantes en sus vivencias, en sus sueños, en sus frustraciones y sobre todo en sus desgracias. Y, más que prosistas, hemos sido una nación de poetas: El tuerto López, Barba Jacob, Silva, Aurelio Arturo, León de Greiff, para sólo citar unos pocos.
Muchas veces he llegado a una reunión con franceses y/o extranjeros y un verso de Silva o de Álvaro Rodríguez me ha permitido mostrar otras caras de Colombia. Caras con verso y re-verso. Caras opacas, llenas de prolijas sensaciones de fragilidad y ausentismo. Contrariamente a lo que muchos creen, el trópico no es sólo la "exuberancia de las pasiones" y el carnaval en cada esquina. Colombia es para mí una geografía en verso. Un emigrante colombiano contribuye a su "cultura", compartiendo con otras gentes, muestras de una vida en cámara lenta, de una vida sutil, como la que cantan los poetas.
Siempre llevo en mis maletas, libritos de poesía colombiana. Antologías o ediciones de bolsillo, algunas amarillentas y gastadas. Otras relucientes como la edición de Silva de la Unesco.


Comentarios
moderador
10 Mayo de 2010
10:32 am
Gracias por el nuevo aporte en Soy Periodista.