



Hemos hecho un desierto que hemos llamado paz. Amanecemos para cumplir el sistema de supervivencia, usamos los sueños que son permitidos, vestimos y decimos las cosas que solo alimentan al corazón y no las que necesita en su esencia y así latimos con la total certeza de que vivimos en paz.
Una tarde en vez de dar la clase, el único amor para mi alma y yo escapamos a la ciudad más hermosa que tiene la noche santandereana, Girón. A nuestro café con mokaccino a bordo y letras especiales de Alejandro Sanz, Franco de Vita o Miguel Bosé. Una llamada de presión interrumpió alguno de nuestros tantos besos y ella se retiró a cumplir el sistema de las familias funcionales.
Alguna vez hicimos el amor en pleno hospital, yo era paciente y la enfermera era leal a la pasión de la visitante de girasoles y el paciente que no soportaba la comida del lugar. En momentos así y en espacios tan complejos, sabemos que nuestra alma por amor puede hacer lo que sea .
Hasta tener recuerdos es mal visto, para conservar la paz de los otros. Y no conservar la paz del amor. Así son los días, mientras yo sigo repitiendo los lugares y los rituales para celebrarla, sin mencionarla, aunque todas mis letras me delaten.
Hoy con dificultades respiratorias y cansancio supremo, sólo me queda rehacer la memoria de los sentidos y la única forma de soportar el desierto de nuestra realidad, es estar a la altura de nuestros sentidos.
Puede ser un buen consejo, al menos intentarlo 24 horas seguidas. Cosa, que pocos logran.
Hagan de la paz, un sembradío, por favor.

