

No es necesario ingresar a una estación de Transmilenio para darse cuenta de lo que se vive dentro del sistema de transporte bogotano.
Desde afuera es posible ver a usuarios desesperados e impacientes ante la evidente demora en los servicios, los empujones, gritos y hasta chiflidos que los mismos ciudadanos propician.
Pero al entrar todo cambia. El martirio empieza desde las largas e interminables filas para comprar el tiquete, que duran de tres a seis minutos , para completar con el río de gente intentando pasar por los torniquetes.
Tal vez usted crea que después de ingresar todo será mejor ¡Pero no! ¡Esto se compone! . El río de personas se convierte en un mar y ante la borrasca es necesario resistir para no ahogarse ni quedarse a la deriva, mientras el barco rojo de rescate llega y se va en un abrir y cerrar de puertas, al mismo tiempo que un agudo pitido anuncia su partida.
Hasta quince minutos hay que aguantar el calor, la inevitable mezcla de todos con todos y las constantes agresiones de todo tipo de unos con otros mientras llega el bus...lleno. De allí en adelante la regla es permanecer inmóvil hasta llegar al destino prometido. Las distancias prudentes en las que tanto insiste el Manual de Urbanidad y Buenas Maneras de Carreño deberán ser ignoradas por completo, porque quiera o no, la situación le recordará que todos somos iguales y ante esto, no hay estrato ni condición socioeconómica que valga .
Quizás una hora más tarde todo habrá llegado a su fin y usted se quedará pensando a qué se refería el gerente de Transmilenio cuando , diez años atrás, se le ocurrió el slogan " Transmilenio, un sistema de vida".


Comentarios
Humo Report
13 Junio de 2011
9:38 am
Debería decirse mejor "un sistema sofisticado de tortura" y además costoso.