

Deben ser tuyas estas llaves. Son dos que tienen una medialuna de vacío y estaban sueltas ¿ya recuerdas? Ningún día te vi abrir una puerta, solo tocabas para seguir, a tu interior, a un corazón, a cualquier lugar, nadie te dejaría un mundo cerrado. Es la costumbre del mundo contigo.
Las descubrí en mi morral militar, ése que llegó a mis pesos cotidianos después de una noche de tequila frío con el buen César Ángel y el regio Jorge Luis. Nunca he usado esas llaves. Nunca he usado llaves. Por lo tanto son tuyas.
El caballo, aquel de Troya. Cuando alguien giró la llave, sólo pudo morir. La caída después de una puerta correcta, siempre hace que la historia tenga lesiones irremediables. Fractura conminuta, vértebras lumbares uno y cuatro. “La llave que se usa constantemente reluce como plata: no usándola se llena de herrumbre. Lo mismo pasa con el entendimiento”, eso decía Benjamín Franklin y me hace pensar que la historia de los mitos y de las realidades solo se puede iniciar gracias a una llave.
Siendo así, me acerco sin acercarme, hago la misma ruta los lunes. Hago una misma ruta para el mismo día, sin repetirme, por San Juan de Girón, total, tengo que salvarme de alguna manera Nana. Almuerzo en “El Carajo”, pido el mismo pollo, pido una colombiana y luego salgo a sangrar las piedras de las callejuelas. Cruzo el puente y te reencuentro, siempre te reencuentro, en ese gallineral, donde nos sentamos una tarde y fuimos cautelosos de que no vieran nuestros besos. Un parque hecho para olvidar, eso sí, he visto cosas que no dan vida en ese lugar, con razón, los árboles se cansan de estar allí. Ten cuidado, no reincidas mis lugares, en ese gallineral roban demasiado y los habitantes de las cuadras viven acostumbrados, lo que es la peor costumbre. Nunca pases por allí.
La historia de Troya siempre tiene una profecía, un anuncio y una mujer. A mí como el buen Palinuro en manos de Virgilio y de la Diosa Venus, me fue otorgado el no diferenciar los días y las noches y ahogarme en el mar para que la historia y sus personajes continuaran su destino. Y cualquier lector, gira las llaves, que en un tiempo fueron de madera y luego de metal, y en un lado, el amor en la historia de los signos y en el otro, San Juan de Girón, más hermoso en las noches blancas y oscuras, bicolores, caminando desde la autopista sobre la penumbra de los pensamientos.
Lo sé… estoy solo… entiendo… merezco estar solo… pero mírame… no quiero que me odies ¿de acuerdo? Por eso practico esta acercanza, y hay cosas que me quedan mejor en el papel, no sé si lo recuerdas en la esquina del SENA, por la carrera 28, cuando te hacía tantos cuadros de cómo proyectar mi vida y los interpretabas a tu modo, mientras hacías las llamadas de rigor y nos tomábamos algo. Ensalada de frutas sin granola para tus ojos tristes y café para mis sentidos. Sabes, retomando, hasta el amor lo cubriría de papeles, hasta el odio, esas manías las asumí desde adolescente cuando resolvía para el colegio las exposiciones y en la casa de piedra de Ruitoque, la señora Clara me llevó a conocer su biblioteca. ¿Qué libro serías y que llave lectora te abriría Nana?
Creo que fue un jueves, toda la felicidad comenzaba siempre por Girón, por el río de oro y la plática en el patio de limones. Fui a buscar algunos archivos en el computador de la sala, algo para el aburrido doctor Carrillo, mientras tú y tu madre sacaban conclusiones. Como el héroe troyano ya estaba herido y a punto de caer, ordenaste a mediodía cuando los zancudos y el calor cocinaban las esperanzas del mundo, que necesitaba refrescar mi cuerpo. Era mediodía y la cocina hervía los alimentos, pronto llegaría Juan Manuel. Quise protestar, pero Michelle Sthepany estaba de tu lado, una camisa había dejado la pasada noche y cuando salí, estaba atado de manos, y participaste en un ritual, mi cabeza contra el lavadero de ropa, mi melena rubia dispersa entre el champú y el agua y cuatro manos que trataban mi cabello como si fueran mis alas. No te dije mil y una vez que ya no sé volar. Luego la máquina de afeitar. Perdona, nunca fui niño para dejarme consentir. La idea de padres, siempre fueron mis profesores de matemáticas; el Dino Sierra, que mientras me prestaba para las onces, me reconvenía por no ser hincha del Nacional y nunca me enseñó la diferencias entre un número natural y otro entero. Las llaves para mi corazón siempre habían lastimado la cerradura. Pero tú, siempre tú, persistente.
La joven Michelle, feliz guardiana, yo creo que se dio cuenta que la teníamos de guardiana, para que no viera nada. Reloj no marques las horas, porque voy a enloquecer, ella solo me dejo dibujado un reloj para saber leer su tiempo y el agua empieza ya a borrarlo. Tic tac tic tac, mi vida se apaga, bajo el calor de la secadora y las manos de Michelle, alias “patito amarillo”, quien en su corazón aún calentaban los milagros y la palabra liberada “guapo” quedaba como una grafía hecha por un punzón de niñas sobre la piel de alguien que sin amor no es nada. Mientras tanto, la provocadora, a prudente distancia. Ni Cecilia, opuso resistencia a la rutina. Yo creo que todos los rituales deberían ser rutina en el mundo y así se sanaría más rápido.
Paraparesia fláccida distal, piernas dormidas. El piloto de la nave aún pedía ayuda y el re-creador de Roma, Eneas, se divertía con una lanza y la memoria, que es más filosa aún. Algún día quedaría escrito todo, para herir al mal lector. Todo viaje, necesita un río, construye una barca y alguna playa recibirá los restos de una historia, quizá de una lucha y la victoria siempre para el tiempo. Sinón, tenías las llaves para abrir el caballo, para revelar el engaño y a pesar de las heridas pudo llegar al templo de Apolo. Otras llaves, serían la rama dorada para la historia latina, llaves que dormirían con el mar de los olvidos. Pero siempre algunas llaves.
¿Por qué te enojas? Ver tu nombre es más violento que pronunciarlo, porque guarda una magia. Tu voz pronunciada, en cambio es un mantra. Detente en un espejo y sabrás que si contigo se puede sonreír, también se podrá sonllorar. Si, sonllorar. Palabra manía, posible, pero no radicada, como una llave para abrir sentimientos difíciles.
Pero bueno dame una ruta. Tu sabes y yo te regreso tus llaves, tres-uno-uno-siete-cinco-uno… sabes que respondo las veinticuatro horas. No le contesto a nadie de frente, "me vale" como dicen los mexicanos, pero a la vibración de mi celular siempre le respondo.
No lo dudes, antes que me regrese a Ciénaga Magdalena, abriré este dolor de perfume incesante. Lo haremos.


Comentarios
antonin
4 Febrero de 2013
12:47 pm
Si Oscar viera este escrito,dirìa que tiene un fondo existencial... Yo le agregarìa que ademàs de existencial,su contexto prosaico lo hace impenetrable y profundamente conceptual
Te saludo con respeto,Pali